"Crear el mundo que queremos es una forma mucho más sutil y poderosa de actuar, que intentar destruir el mundo que no queremos.”


Marianne Williamson


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jueves, 29 de julio de 2010

La Revolución que Vivimos

El tiempo le ha dado la razón a Marx y se la ha quitado a Lenín. El final del sistema capitalista tan sólo se da cuando este se ha extendido hasta el último rincón de la Tierra, y será un cambio de sistema universal. No será uno a uno en los diferentes Estados-nación. Lo que no obvia que sea en estos donde se desarrolle actualmente la conciencia de las contradicciones de clase, por el interés del propio capital internacional en que así sea, ya que transformados en “defensores de intereses nacionales” se divide, separa y enfrenta a una parte de la humanidad contra las otras, ocultando las contradicciones de clase e impidiendo la necesaria respuesta unitaria universal.

Vivimos el cambio más profundo de toda la historia de la humanidad. El momento histórico en que nace la conciencia de humanidad, el “alma” común de todas las culturas, civilizaciones y razas que nos permitirá unir a todas ellas en una única humanidad que nace y vive en un único mundo y que se dotará de un Gobierno mundial democrático para los asuntos que necesariamente requieren de respuestas globales: el cambio climático, la desigualdad y hambre mundial, las migraciones y el control de las transacciones financieras internacionales.


Autor:
Fernando Moreno Bernal – ATTAC Andalucía
Fuente: ATTAC-España

jueves, 1 de julio de 2010

La Alegría de Vivir fuera del Capitalismo


Más de cien comunidades en todo el mundo basan su progreso en escapar de los mercados financieros al uso. Frente a los brindis al sol por un nuevo ciclo de crecimiento, distintos movimientos plantean que es imprescindible una transición hacia otro tipo de economía.


Con paso y tenacidad de hormiga, cientos de comunidades en el mundo han formado localidades que son capaces de autogestionar recursos y saberes comunes. Más de cien comunidades en países como Reino Unido, Australia, Italia, Canadá o Estados Unidos siguen el modelo de Transition Towns establecido por teóricos como Rob Hopkins, basado en la autogestión y el compromiso con el entorno.

En el Estado español proyectos como Escanda en Asturias, Can Pascual o Can Masdeu, en Barcelona, han actualizado los primeros ejemplos de cooperativismo de proyectos como La Hormiga Obrera o la Redemptora de finales del siglo XIX. La creación y gestión de recursos y la descentralización y la horizontalidad de la toma de decisiones son el modo de generar comunidades fuera del tráfago de los mercados. Ésa es una de las conclusiones del encuentro de Redes en Red, Tejiendo Alternativas, celebrado en Ruesta (Aragón) durante el mes de abril.

La necesidad de salir del modelo imperante ha permeado en el debate sobre la organización del trabajo industrial. En el Forum d’Economia Social de la Garrotxa, Lluís Rodríguez, miembro del Instituto de Ciencias Económicas y de la Autogestión, reconocía que “no es posible que todas las empresas sean cooperativizadas a corto plazo”, si bien, remarcó que las cooperativas “son modelos empresariales más eficientes, justos y democráticos que las empresas capitalistas”.


Decisiones conjuntas

La base de estos movimientos es conseguir que las personas que comparten espacios y trabajos se conozcan y tomen decisiones en común, que se armonicen los trabajos externos e internos y se sitúe a los cuidados en el centro de la existencia. Las recetas son conocidas: bancos de tiempo, trueques, una rebaja voluntaria del consumo, huertos urbanos, talleres de aprendizaje de labores tradicionales, monedas locales, y un largo etcétera de propuestas. Javier Zarzuela, de Ecologistas en Acción, resumía en 2009 el proceso que sigue a la toma de conciencia de la necesidad de una transición. Después de “caer en la cuenta” y pasar por el “trance inevitable del pánico”, las personas son capaces de visualizar y valorar “cómo podría ser su ciudad, barrio o pueblo, en un escenario de baja dependencia energética y de capacidad colectiva para proveerse de los medios de vida dignos”.

- Cooperativismo para promover la autogestión de la vida cotidiana

- Entrevista: “La economía participativa es una necesidad”


Fuente:

Periódico Diagonal [Autor: Pablo Elorduy]

lunes, 1 de marzo de 2010

Crisis de Civilización y “Buen Vivir”

El debate acerca del Buen Vivir forma ya parte de las agendas de los movimientos sociales de todo el planeta.

Hoy en día nadie duda que vivimos algo (mucho) más que una crisis financiera. Vivimos una crisis financiera, pero también epistemológica, social, política, climática, alimentaria… en definitiva, una crisis de vida, de modelo estructural y civilizatorio, occidental y moderno, por supuesto.

Rafael Correa, presidente de Ecuador, dice que no vivimos una época de cambios, sino un cambio de época. Sin saber si pensamos en el mismo paradigma, es cierto que la profundidad de esta crisis estructural que vivimos nos hace mirar hacia nuevos (aunque antiguos) paradigmas de vida, y ahí surge con fuerza la idea que los pueblos originarios del Abya Yala nos transmiten, el de la cultura de la vida, criar la vida, la visión comunitaria… ese nuevo paradigma que llamamos Vivir Bien.

Dos matrices civilizatorias

El Vivir Bien no nace ahora, es producto de la cosmovisión milenaria de los pueblos indígenas del continente, de hecho ni siquiera como concepto es algo nuevo, aunque precisamente en estos tiempos cobra más fuerza que nunca. Cuando las ONGs comenzaron a preguntarse cómo se podría traducir el termino desarrollo al quechua, se dieron cuenta que no había una traducción, y lo mismo sucedió con el aymara, guaraní… en ninguna de las lenguas de las civilizaciones indígenas, orientales, existía una palabra para designar nuestro concepto de desarrollo occidental. Esta contradicción aparente refleja bien la división entre las dos matrices civilizatorias, entre oriente y occidente.

Por eso comenzaron a acuñarse términos que se acercan a ese concepto de Vivir Bien, Suma Qamaña en aymara, Sumaj Kausay en quechua, Ñande Reko (vida armoniosa) en guaraní,Teko Kavi (vida nueva) Ivi Maraei (tierra sin mal) o Qhapaj Ñan (camino o vida noble), conceptos que la nueva Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia (aprobada en referéndum en enero del 2009) ya recoge como bases fundamentales cuando habla de los Principios, Valores y Fines del Estado.

Asimismo ha quedado recogido el Vivir Bien en la Constitución Política de Ecuador, de octubre del 2008, dando un paso importante también con la consagración de los Derechos de la Naturaleza, porque Vivir Bien es también salir de la dicotomía entre ser humano y naturaleza, es despertar la conciencia de que somos parte de la Pachamama, de la Madre Tierra y con ella nos complementamos.

Es bien interesante, y hay que seguir profundizando en su desarrollo, las formas hibridas que se están dando entre conceptos de matrices diferentes, como en este caso un concepto occidental y moderno, como derechos unido a un concepto oriental y milenario como Pachamama, Madre Tierra.


Escrito por Katu Arkonada, investigador y analista en el centro boliviano CEADESC (Centro de Estudios Aplicados a los Derechos Económicos, Sociales y Culturales) y colaborador de CAOI (Coordinadora Andina de Organizaciones Indígenas).

Fuente: http://www.minkandina.org/

lunes, 11 de enero de 2010

"La Hora y el Turno de la Ecología Mental" por Leonardo Boff

El 2 de febrero de 2007, al oír en Paris los resultados del estudio sobre el calentamiento global dados a conocer por el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), el entonces presidente Jacques Chirac dijo: «Como nunca antes, tenemos que tomar la palabra revolución al pie de la letra. Si no lo hacemos, ponemos en peligro el futuro de la Tierra y de la Humanidad». Antes de él, otras voces, como la de Gorbachev y la de Claude Lévy Strauss -poco antes de que falleciera- advertían: «o cambiamos de valores civilizatorios o la Tierra podrá continuar sin nosotros».

Este es el punto ocultado en los foros mundiales, especialmente en el de Copenhague. Si se reconociera abiertamente, implicaría la autocondena del tipo de producción y de consumo con su cultura mundialmente vigente. No basta que el IPCC diga que, en gran parte, el calentamiento ahora irreversible está producido por los seres humanos. Ésta es una generalización que esconde a los verdaderos culpables: los hombres y mujeres que formularon, implantaron y globalizaron el modo de producción de bienes materiales y los estilos de consumo que implican depredación de la naturaleza, clamorosa falta de solidaridad de las generaciones actuales con las futuras.

De poco sirve gastar tiempo y palabras en encontrar soluciones técnicas y políticas para disminuir los niveles de gases de efecto invernadero si seguimos manteniendo este tipo de civilización. Es como si una voz dijese: «pare de fumar, si no va a morir» y otra voz dijese lo contrario: «siga fumando pues ayuda a la producción que ayuda a crear empleos que ayudan a garantizar los salarios que ayudan al consumo que ayuda a aumentar el PIB». Y así alegremente, como en los tiempos del viejo Noé, vamos al encuentro de un diluvio pre-anunciado.

No somos tan obtusos como para decir que no necesitamos la política y la técnica. Las necesitamos mucho, pero es ilusorio pensar que la solución está en ellas. Hay que incluirlas en otro paradigma de civilización que no reproduzca las perversidades actuales. Por eso, no basta una ecología ambiental, que ve el problema en el ambiente y en la Tierra. Tierra y ambiente no son el problema. Nosotros somos el problema, el verdadero Satán de la Tierra, cuando deberíamos ser su ángel de la guarda. Entonces es importante hacer, como decía Chirac, una revolución. ¿Pero cómo hacer una revolución sin revolucionarios?

Necesitan ser suscitados. ¡Y qué falta nos hace un Paulo Freire ecológico! Él decía sabiamente algo que se aplica a nuestro caso: «No es la educación la que va a cambiar el mundo. La educación va a cambiar a las personas que van a cambiar el mundo» Necesitamos estas personas revolucionarias, si no, preparémonos para lo peor, porque el sistema imperante está totalmente alienado, se ha vuelto estúpido, arrogante y ciego frente a sus propios defectos. Es la tiniebla y no la luz del túnel donde nos encontramos.

En este contexto invocamos una de las cuatro tendencias de la ecología (ambiental, social, mental, integral): la ecología mental. Trabaja con lo que pasa por nuestra mente y nuestro corazón. ¿Cuál es la visión del mundo que tenemos? ¿Qué valores orientan nuestra vida? ¿Cultivamos una dimensión espiritual? ¿Cómo debemos relacionarnos con los otros y con la naturaleza? ¿Qué hacemos para conservar la vitalidad y la integridad de nuestra Casa Común, la Madre Tierra?

Unas pocas líneas no dan para trazar el diseño principal de la ecología mental, cosa que hemos hecho en varias obras y vídeos. El primer paso es asumir el legado de los astronautas que vieron la Tierra desde fuera de ella y se dieron cuenta de que Tierra y Humanidad forman una entidad única e inseparable, que es parte de un todo cósmico. El segundo es saber que somos Tierra que siente, piensa y ama, por eso homo (hombre y mujer) viene de humus (tierra fecunda). El tercero, que nuestra misión en el conjunto de los seres es la de ser los guardianes y los responsables del destino feliz o trágico de esta Tierra, hecha nuestra Casa Común. El cuarto es que junto con el capital natural que garantiza nuestro bienestar material, debe venir el capital espiritual, que asegura aquellos valores sin los cuales no vivimos humanamente, como la buena voluntad, la cooperación, la compasión, la tolerancia, la justa medida, la contención del deseo, el cuidado esencial y el amor.

Éstos son algunos de los ejes que sustentan un nuevo ensayo civilizatorio, amigo de la vida, de la naturaleza y de la Tierra. O aprendemos estas cosas por convencimiento, o lo haremos por padecimiento. Éste es el camino que la historia nos enseña.

Fuente: La Columna Semanal de Leonardo Boff en Koinonia